Determinados artistas son vistos como prepotentes y egocéntricos, pero dentro de este tipo de gente existen dos categorías, los que pueden hacerlo y lo que no. Del segundo grupo se me ocurre gente como los Gallagher (aunque de tan idiotas les acabas cogiendo cariño) o Ian Brown (con un disco bueno en su carrera). Los otros, son gente que están por encima del bien y del mal, personajes bastante bordes que se creen el ombligo del mundo y que se sienten en disposición de serlo. Bob Dylan, Lou Reed, o los mismos Rolling Stones (a pesar de ser unos dinosaurios decrépitos) son ejemplos vivientes. Pero sobre todos ellos se encuentra un ego que los supera, el más consciente de su propia condición de estrella y de símbolo de la cultura pop: Steven Patrick Morrissey (“Arriesgándome a sonar más pomposo de lo que soy, yo siempre he sido más amado que admirado. Creo que los músicos son admirados, pero yo me siento querido y siempre me he dado cuenta de ello. Lo prefiero así. Quiero decir, Eric Clapton es admirado, pero ¿quién podría amarle?. Su propia madre…quizá.” Morrissey, NME, 1991).

El personaje creado por Moz ha ido evolucionando desde sus primeros años con The Smiths, cuando parecía debatirse entre cortase las venas o tomar una sobredosis de antidepresivos, y la figura que es hoy en día, convertido en un divo del pop, hecho que queda demostrado en su último álbum.

Ringleader of the Tormentors puede ser considerado desde ya mismo como el segundo mejor disco de la carrera en solitario de Mozzer, por detrás de su obra cumbre e insuperable (“Vauxhall & I”) y por delante de un disco lastrado por una producción demasiado “ochentera” (“Viva Hate”). Desde que se anuncio su grabación, se esperaba mucho de este disco. Tras un buen álbum de madurez (You are the quarry), las nuevas canciones de Morrissey iban a estar producidas por el histórico (aunque en horas bajas) Tony Visconti, grabadas en unas catacumbas romanas, e iban a contar con la colaboración de Ennio Morricone y de un coro de niños.

Filtrado en Internet un mes antes de su salida oficial (4 de Abril), el disco es más robusto y tiene una excelente producción, con una mayor presencia de guitarras (con un toque glam, cortesía de Visconti), estribillos ágiles y una voz de Morrissey que suena mejor que nunca (esta vez sí). Casi la mitad de las canciones podrían ser singles, entre ellas destacan “The Youngest Was the Most Loved”, “On the Streets I Ran” y “In the Future When All’s Well”. Pero no es un disco perfecto, algunas canciones bajan el nivel, como: “I Will See You in Far-Off Places” (demasiado recargada) o “The Father Who Must Be Killed” (ritmo demasiado tontorrón, aunque tiene su gracia oír el estribillo cantado por el coro de niños). Pero la verdadera obra maestra se encuentra en la mitad del disco, “Life is a Pigsty”, una canción de siete minutos donde Mozzer arrastra sus lamentos actuando como contrapunto de una música de grandilocuente épica, convirtiéndose en una de las mejores piezas de su carrera en solitario.

Puede que este disco no sea ni sea la mitad de bueno que sus discos con Marr, pero tiene un gran merito que Morrissey, tras más de veinte años de carrera, siga estando a la altura.